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jueves, 30 de septiembre de 2021

Reseña de La señora Dallaway de Virgina Woolf


Me encontré con la novela en el sillón de la sala, en la cama, en el escritorio, un rato en la cocina, en lo que el agua para mi café se calentaba; hubiera sido más adecuado un té. Nunca nos encontramos fuera de casa, fuera de la comodidad de mi departamento. 

Seguí las letras del texto en silencio, en los lugares más comunes, más silenciosos. Tal vez hubiera sido más adecuado leer a la señora Dallaway en una casona de Londres; pero se hizo lo que se pudo. Si tan solo hubiera podido silenciar a la camioneta que me recuerda que puedo vender el fierro viejo que tengo, al camión de la basura y al barullo del tianguis que se pone debajo de mi casa los jueves, tal vez hubiera entrado un poco más en la atmósfera.

Los personajes de la historia, viven en una burbuja con formas y costumbres tremendamente diferentes a las mías. Las escenografías que el texto delinea me llevan a sitios grises, poco atractivos e incómodos, me recuerdan uno de los primeros XV años a los que asistí. Recuerdo que no había sido invitado por la quinceañera, mis amigos me llevaron a fuerzas, tenía que llevar traje al evento, no contaba con uno, así que tomé prestado un traje de mi papá, no éramos muy diferentes en altura; sin embargo, pesaba 30 kilos menos que él. El pantalón me nadaba, el saco escondía mis manos y robustecía mi espalda, mi cabeza, de por si pequeña, se veía diminuta. Me sentí descolocado durante toda la fiesta. Así me sentí con la novela. 

A cada línea que avanzaba, más incómodo me sentía. A ratos me perdía entre las líneas, a ratos me enganchaba con algún pensamiento suelto de Septimus o de Kilman. 

Fue una experiencia contemplativa, con pocos subes y bajas. Sobretodo plana. Mis ojos miraban al horizonte, a veces con melancolía, otras con angustia.  

Leer a Virgina fue como beber agua tibia en una taza de cerámica blanca, pasaba los tragos como pasaba las páginas; con un sabor neutro en el paladar. Solo que, así como Septimus, entre un sorbo y otro me tomé unas pastillas de bromuro. Terminé de pasar mis ojos por las letras y dejé el libro como si nada, un poco de hastío recubrió mi piel. Pero a las horas, la cabeza me daba vueltas, el sentido de la vida se me diluía en el agua tibia. Se me abría un hueco en el estómago. La superficialidad y la profundidad se mezclaban en mi propia cotidianidad. 

Les dio fiebre a mis preocupaciones al punto del desmayo, se me inflamaron, tuve que comenzar a desmenuzarlas para enfriarlas, ponerlas en perspectiva. Comencé a ver las ventanas demasiado abiertas, pasaban los minutos y yo sentía como iba perdiendo el sentido de la proporción. 

Afortunadamente ya pasó el efecto. 

¿Quién narra la historia? Ese ser tan aséptico que todo lo sabe, que describe con tanta exactitud y con tan poca víscera. Una pluma con un ojo cristalino que va haciendo acotaciones, describiendo paisaje y dejando hablar a los personajes como en una obra de teatro.
 
La voz que cuenta no tiene pasiones, ni intereses, tampoco sueños, es imparcial, objetiva, dura. Me da comezón leer los recuerdos, miedos, acciones y deseos de los personajes en las letras de la escritora suspendida en los aires. Los ojos omnipresentes que escribían la historia carecían de carne, de deseos, miedos y recuerdos. La narradora nos habla de sus pasiones a través de los personajes, les da voz a ellos para poderse hacer escuchar, para poderse aventar por la ventana frente a la angustia que le pellizca los muslos, solo a través de ellos se enamora de otra mujer, le grita al mundo que las formas de su clase paralizan sus pulsiones o puede sentarse en la penumbra a inflamarse de atrabilis. 

Virginia ofrece un paseo por un universo repleto de rincones, pasadizos secretos y dolencias fantasmagóricas. No necesita describir el cuerpo ensangrentado de Séptimus sobre la acera para decirnos que ya no está más aquí, tampoco necesita desgarrarse las ropas y esconderse en el armario para mostrarnos que el sentido se diluye, que la tristeza arropa sus entrañas. Basta con que Peter no se atreva a decirle cuanto ama a Clarissa para que ambos personajes se sumerjan en la desolación; con mirar un automóvil para imaginar a sus pasajeros. 

En esta novela los detalles, los gestos y las omisiones llenan al ambiente de tensión, ambivalencias y deseos. No necesita llenar las calles de furia, hacer temblar la tierra con sudor y lágrimas para llevar a sus personajes al despeñadero. 

Regreso al sillón, miro a mis adentros, pienso en la señorita Kilman, ahí, en el abandono, paseando entre las tiendas de ropa, acariciando las telas, perdida en sus tristezas, caminando hacia ningún lugar.

martes, 27 de noviembre de 2018

Reseña de espectáculo: "Movimientos migratorios, de la pobreza a Norteamérica"


El escenario recién barrido y trapeado, las butacas repletas de espectadores, el telón abierto. Las voces de los mirones tronaban como hojas de árboles antes de la tormenta. De pronto, el espacio en penumbras se iluminó de golpe. Una luz cenital coloreó una silueta frágil y tensa al centro del escenario. Estaba de pie con la mirada al suelo, su contorno burdo dejaba entrever sus labios pegados uno con otro, una piel reseca y cabello grasoso.

Allí permaneció durante noventa minutos una sombra quieta y sucia; hubiera podido quedarse una eternidad sobre el escenario sin dejar escapar un solo suspiro.

La tensión entre el público creció conforme el tiempo pasó. Las axilas húmedas de los mirones y el silencio absoluto en el escenario fueron llenando el ambiente de un aire denso e incomodó. La escenografía era inexistente, podía apreciarse con dificultad el escenario inmenso, con un fondo profundo que chocaba contra unas paredes pelonas y mal pintadas, las luces laterales del teatro se asomaban. El teatro de la ciudad, tan elegante y altivo se miraba triste, seco y lúgubre. Los frescos en los techos y los detalles en los finos palcos se perdían en la oscuridad.

Conforme el espectáculo fue avanzando, el teatro abarrotado se fue desinflando, la gente fue saliendo de a poco. Algunos espectadores abrumados desalojaron procurando no llamar la atención demasiado, otros se levantaron con efusividad mientras murmuraban quejas y caminaban torpemente a la salida; al concluir los noventa minutos, el espectáculo crudo y desconcertante terminó. El telón se cerró. El teatro a medio llenar se iluminó de repente, las puertas que lo conectan con el exterior se abrieron. Los asistentes que quedábamos nos paramos lentamente de las butacas y salimos en un silencio sepulcral.

Minutos antes de que comenzara la función, había echado un ojo al programa de mano, de este brotaba todo un discurso lleno de ideas y posturas asistencialistas frente a un problema social claramente delimitado y definido, anunciaba una función llena de narrativa y emoción que invitaba a la reflexión y a la acción humanitaria.

En el borde entre que hojeaba el programa de mano y que las luces del teatro se apagaban dando comienzo a la función, mis ojos se llenaron de lágrimas y me invadieron las ganas de correr y hacer acciones para ayudar a esta gente tan carente y expuesta a peligros que yo solo puedo imaginar.    

Desde que me enteré del proyecto me había llenado de inquietud y curiosidad. El título era sugerente, “Movimientos migratorios, de la pobreza a Norteamérica”, de inmediato me lanzó a un mundo de angustia ¿Movimientos? ¿pobreza? Un grupo vulnerable violentado por agentes de seguridad, un montón de pobres, indeseados fumigados, migrantes sucios, valientes buscando un mejor futuro, oportunistas, mediocres, maleducados, víctimas de un sistema opresor.

Asistí a un espectáculo que nació de una serie de eventos que se han tejido en las últimas semanas y ponen al centro a la caravana de migrantes centroamericanos que quieren llegar a Estados Unidos en un intento por mejorar sus condiciones de vida. Me encontré con un montaje que usó como telón de fondo a un grupo de personas expuestas a condiciones sociales precarias e impregnadas de una violencia amarga que duele. Un montaje que tenía como único actor a un integrante de aquella famosa caravana.

La función a la que acudí la semana pasada me dejó con un malestar corporal del cual no me he podido desprender. La silueta me golpeó el corazón, me encuentro con crujidos al interior del estómago, los parpados se han hecho pesados y las cervicales se me encajan en la tráquea desde entonces.

El recuerdo, detona ruidos en mis tripas que se convierten en cánticos dionisiacos, gritos de dolor que traen un mensaje lleno de violencia y sangre, despliega una marejada de sensaciones impregnadas de ideas sin articular que golpean la existencia. El humano que se paró frente a mi representaba una idea, a un grupo de personas que atraviesan circunstancias dolorosas.

La fuerza que llevó a mi cuerpo a ese lugar de sensaciones estaba compuesta en gran mediad por un discurso performático que hubiera podido prescindir de la especificidad del grupo, cualquier conglomerado de personas que sufren, víctimas del destino con vidas terribles y llenas de inclemencias hubiera servido para provocar esta ansiedad que me recorre; sin embargo, este palpitar acelerado que me aprisiona cada que pienso en ese grupo de desgraciados está ligado con una idea de asepsia. Juego el papel del burgués lejos de la posibilidad de enfrentarse a la violencia que sufren los desposeídos, soy el mirón que se congratula de la miseria ajena. Me pienso lejos de la posibilidad de ser herido, aunque mi cuerpo esté rodeado de historias que se hunden en la violencia. Los grupos vulnerables vienen a recordarme que hay quien vive peor. La idea de un grupo tasajeado por el dolor y el abuso me viene a recordar una posición. Ellos subrayan y dan color a los lujos y placeres que vivo.

He pensado seriamente en las implicaciones que tiene mirar estas siluetas como una masa de víctimas, de dolor burbujeante con capacidad de acción disminuida. Darles ese lugar, me lleva a las alturas, a volar por encima de ellos, lo que importa es que mi cuerpo irradie destellos de bondad, que genere las acciones necesarias para que ellos estén mejor. Es imprescindible dejar claro que yo soy quien sabe que es lo mejor para ellos. Pensar en los migrantes, es pensar en la generalidad, basta con sentir el beat de su historia, la fuerza de su voluntad, para conmoverse y dejarse arrastrar por los impulsos del humanitarismo.

La presencia del migrante en el escenario no destelló más que fuerza e ímpetu. De él no sabemos nada, estamos como al principio. Un hombre sin rostro, sin responsabilidad ni historia individual. Únicamente un halo de luz burda que mal dibuja una historia de la masa.

Así es la historia de la víctima, se nos presenta como un manchón sobre un lienzo blanco, a la espera de nuestra reacción. Ya sea que decidamos convertirnos en victimarios, rechazarlos y sobajarlos, mirarlos por debajo de nosotros y alejarnos lo más posible con la firme intención de no contagiarnos de su desgracia; que decidamos lanzarnos a la ayuda humanitaria cual héroes con los calzones bien puestos sobre las mallas con nuestros superpoderes burgueses o que nos quedemos quietos, mirando el espectáculo pasar frente a nosotros en completo silencio.


miércoles, 12 de octubre de 2016

Reseña de LAS COSAS NUESTRAS

Reseña de "Las cosas nuestras"


Entre claros y oscuros se construyen imágenes que invitan a inventar historias en el tiempo, una nostalgia impregna el ambiente de continuo, recuerdos que se hacen presentes y se esfuman a cada parpadeo.

Dos personajes que posibilitan la creación de diversos imaginarios danzan entre caricias y carencias, son uno y dos al mismo tiempo. Se acompañan en una travesía de complicidad y dolor. La sutileza de los cuerpos propone una narrativa de encuentros y desencuentros, atmósfera fraternal que sostiene el proyecto de principio a fin. Una mismidad que se hace cuerpo y un yo auxiliar que sostiene el dolor en la frustración y la risa, travesura amistosa que llena el espacio… solo hasta que la soledad se aparece, el desvalimiento hace presencia y diluye al otro. Queda un resto de melancolía que dibuja sonrisas a medio iluminar en el juego de luz que desaparece para dar vida a un sitio que posibilite tejer los recuerdos propios del espectador con las imágenes cuerpo de los bailarines.

Las cosas nuestras es un proyecto escénico que propone la construcción de retazos de historias en un diálogo en el cual los interlocutores se confunden. Uno no sabe si hablan del otro, de uno, de ambos, de ficción, imaginación o realidad.


Es un proyecto que se presentó en cuatro ocasiones en el foro casa de la paz del 30 de septiembre al 8 de octubre del 2016. Espacio íntimo y acogedor en la colonia Roma que dio existencia a esta obra que con movimientos tenues de danza contemporánea y teatro del cuerpo nos vienen a recordar instantes con sabor a ausencia. Esperamos que este proyecto siga respirando, se presente en más espacios, encuentre otros sitios en los cuales recrearse.