martes, 2 de octubre de 2018

Para los asesinos del 2 de octubre

Hombres uniformados y encubiertos:

Espulgando en un cajón de recuerdos tropiezo con un paseo familiar a un lugar olvidado, vamos en un automóvil viejo, adelante papá y mamá, mi hermana, al lado, pegada a la ventana. En el camino se aparece un grupo de hombrecitos formados, vestidos con ropa verde muy bien planchada, botas negras lustradas y tienen entre sus manos tronquitos negros.

El coche avanza, escucho con asombro las palabras que papá deja salir de su boca, un montón de palabras que redimensionan completamente aquella imagen; poco a poco esos hombres comienzan a deformarse, sus siluetas se tornan monstruosas. Volteo atrás mientras nos alejamos de la escena, veo un manchón de personas mal encaradas convirtiéndose en robots que tienen entre sus limitadas funciones asesinar y asustar.

No estoy muy seguro si ese recuerdo es el principio de un tejido que se ha reforzado con los años, o sólo sea un pedazo de una madeja de estambre que no encuentra principio ni fin; pero estoy convencido que es una hebra al interior de una telaraña que lucha por hallar coherencia.

Los años pasaron, lo que pensaba de aquellos hombres vestidos de verde se generalizó, también aplicaban estos prejuicios para los pintados de azul. Construí una relación perversa con estas figuras de autoridad.

Llegó la adolescencia y comencé a asistir a partidos de futbol en los cuales, junto con un montón de desconocidos, insultaba al unísono a los guardianes de la seguridad. Nosotros cantábamos agresiones directas y nos burlábamos, ellos nos miraban callados con sus escudos de plástico transparente sus macanas y sus cascos estorbosos. Me adherí a una masa de zombis descerebrados, robots que tienen entre sus limitadas funciones imitar y violentar.

Parado en esta telaraña de enojo y aversión, pienso y repienso en todos los asesinatos que tuvieron lugar hace 50 años en Tlatelolco, imagino a una multitud de estudiantes cayendo, exhalando los últimos suspiros sobre la plaza de las tres culturas, recreo imágenes de miles de personas tratando de escapar de los disparos fulminantes por parte del batallón Olimpia, la Dirección Federal de Seguridad, la policía secreta y el Ejército Mexicano. Pienso en las fuerzas armadas persiguiendo de casa en casa a los manifestantes que buscaban salvar sus vidas, transportando en los helicópteros montones de cuerpos y desapareciéndolos en el horizonte. Pienso en todas las personas que murieron, que fueron encarceladas y torturadas, en los uniformados que murieron en estas masacres, aquellos soldados que también sufrieron desmayos permanentes durante los espectáculos de represión.

Parado en esta telaraña de enojo, me pregunto por los mortales armados que destruyeron tantas vidas, que dispararon balas, torturaron cuerpos y persiguieron a tantos semejantes. ¿Quiénes fueron los gatilleros detrás de las armas?, ¿qué queda detrás de los trapos verdes y azules?, ¿quiénes se escondieron detrás de los guantes blancos? No sabemos cuántas personas murieron el dos de octubre, tampoco sabemos cuántos asesinos asistieron al evento.

En un esfuerzo por no petrificarme en el enojo, quiero entender quiénes dispararon en la plaza de las tres culturas, mataron en Aguas Blancas, Acteal, Ayotzinapa o Tlatlaya. En un duro intento por dar un lugar subjetivo a los asesinos y abrir unos cuantos grados la mirada, los responsabilizo de los hechos sucedidos.

Quiero que mi imaginario cambie, quiero que dejen de ser esos zombis descerebrados, robots sin alma. Me responsabilizo por agredirlos, por llamarlos cerdos, puercos, por hacerme parte de la masa y quitarles su lugar de personas.

Estoy seguro de que la clase política de hace 50 años no es muy distinta a la de ahora, que el gobierno está podrido, que muchas de las familias que se encargan de dirigir a este país están llenas de asesinos. Creo que muchísimas personas que lideran al país, tienen intereses que colocan por encima de la vida de la gente. Pero eso no le quita responsabilidad a quienes dispararon, disparan y dispararán.

En un grito desesperado les suplico a todos aquellos hombres de verde, azul, negro o con guantecitos blancos, ¡asuman sus crímenes cómo Edipo asumió los suyos! No se queden tras bambalinas suponiendo que ustedes sólo cumplían órdenes, que no sabían, suelten esos disfraces de zombis descerebrados. Háganse cargo de su subjetividad, de sus acciones, el mundo necesita menos gente como Adolf Eichmann, que se quedó tranquilo porque cumplía con su deber, que solamente ejecutaba las órdenes de sus superiores.

Asuman que cada disparo va directo a otro ser humano, que cuando apuntan un arma, cuando torturan, cuando desaparecen lo hacen ustedes, les suplico que dejen de jugar a ser robots. Si quieren ser siluetas monstruosas, si quieren asesinar, no se detengan, pero asuman su lugar, llénense de criterio. Antes de disparar, por favor, duden.  

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Servicios mortuorios

Cuando lloré por la muerte de mi abuela, estaba triste porque ella ya no estaba conmigo, se había ido y en su lugar había dejado un montón de huesos y tripas atrapadas en una piel fría e inerte. Parecía que estaba dormida acostadita en su cama, lloré porque su cuerpo me recordaba mi capacidad nata para morir. Una obligación con la cual nací y un derecho que debo ejercer al final de mi vida. Minutos después de su muerte, de haber soltado lágrimas de egoísmo y contagiarme del silencio que desprendía su cadáver, Mi padre llamó a los servicios funerarios que había contratado un par de años antes. Comenzaron los preparativos para llevar a cabo el ritual de muerte.

Mi padre había planificado todo, quería que la muerte de su madre fuera un evento sin contratiempos. Comenzaba con un médico que constataba que aquel cuerpo efectivamente estaba vacío de vida. Un servicio de transporte se aseguraba que el cuerpo, junto con la carta de verificación de muerte, llegarán a un salón seco en el cual una persona desinfectaba cada centímetro de esa piel acartonada, le embutía un montón de productos químicos y maquillaba minuciosamente para meterlo a una caja de madera en la que pasaba las siguientes 20 horas en una sala con gente susurrante y moquienta; después la caja y lo que sobraba de mi abuela se trasladaban a un predio lleno de casitas pequeñas, bloques de cemento y cruces. Se Metía la cajita a un hoyo previamente hecho, nos juntábamos los familiares y mirábamos como el contenedor se tapaba con tierra y poco a poco se desaparecía el hueco, quedando una cicatriz de tierra entre los cuartitos y los diques de concreto que la rodeaban.

Hubo un guion que sirvió de puente para atravesar la triste idea de la muerte de mi abuela, la mujer que me había salvado el pellejo cuando atravesaba la adolescencia y no había nadie que quisiera hacerse cargo de mí, la mujer que me dio sentido cuando la realidad se me desvanecía. Había un plan para que el grupo de personas enamoradas de mi abuela se acompañaran en el enfrentamiento con su muerte.

Enfrentamiento doloroso con la propia muerte, lleno de angustia y melancolía, un pasaje que desgarra los sentidos y hace eco en las respiraciones entrecortadas que brotan cuando las imágenes se impregnan en la memoria y se hace presente esa promesa de quietud y silencio que nos acecha a todos, recorre por impulsos eléctricos cada centímetro del cuerpo. Sentencia que seduce mientras el corazón late y taladra cuando la miramos instaurada en el otro.

El ritual que planificó mi padre se quebró, el guion no alcanzó, la mirada se perdió, las palabras entrecortadas balbucearon caos y las ideas no alcanzaron para abrazar el dolor. Cuando la idea de mi abuela dentro de una caja de madera se tropezó con la realidad de mi abuela dentro de una caja de madera, el mundo dejó en mi cabeza una fuerte resaca y una angustia terrible que ha ido disminuyendo con los días, con los meses.

Cuando lloré por la muerte de mi abuela, tuve un cuerpo que se estrelló con la idea de un cuerpo. La muerte se hizo presente, me susurro al oído que tenía el mismo destino que mi abuela. Lloré porque ya no la vería más, estaba seguro de que los residuos materiales de su vida se encontraban encapsulados en un cajón enterrado en un panteón deprimente. Sabía que su aliento ya no existía más.

Hoy los titulares hablan de 12 tráilers con cadáveres amontonadas dentro de sus cajas frigoríficas, algunos abandonados. Hablan de los mecanismos de almacenamiento, de las olas de violencia que han producido tanta muerte, de las desapariciones, de los cientos de personas que se amontonan buscando en esas montañas de muerte a sus desaparecidos. No puedo dejar de pensar en los amontonados, en los vivos tratando de hallar un susurro de resignación, una pizca de sentido que les permita elaborar la perdida que sufren. Un espejo que les de existencia, quieren encontrar su cuerpo.

Ellos no saben que hacer con la muerte, la metieron a refrigeradores rodantes y están buscando donde deshacerse de ella. Los amontonados la buscan por todos lados, en todos los rincones, ¿qué fue de su gente? ¿A dónde van los desaparecidos? El plan siempre se rompe, el ritual no alcanza, el dolor siempre desagarra; sin embargo, no tener nada de eso y quedarse en la angustia total sin un cuerpo que tropiece con la idea debe ser la peor desgracia.

La ola de violencia de la cual hablan los titulares sólo comienza con las ejecuciones, amontonar los cuerpos y hacerlos viajar, destinados a nunca llegar, crea un abismo inefable.

Los mecanismos de resguardo de cadáveres colocan en el lugar de restos al muerto, le asignan un valor residual a los sacos con huesos y tripas que se amontonan generando bocanadas de podredumbre. Sin duda es una posición que toca los límites de lo real y apunta a un análisis científicamente poderoso y válido.

Cuerpos que estorban, que sobran, ya no caben e incomodan. Seguramente estos mecanismos nacen de reflexiones pensadas concienzudamente, de excelentes burócratas que buscan “resolver” sus problemas hediondos lo antes posible. Todos esos restos de desconocidos, guardaditos en esas coquetas bolsas negras de basura subrayan la condición orgánica de los seres humanos, nos descomponemos. Esos creativos funcionarios resolvieron el problema del espacio magistralmente, sólo se les olvidó el pequeño detalle del valor absurdo que le damos los vivos a nuestros muertos. La necesidad que tenemos los mortales por elaborar la muerte del otro fue una pizca que se escapó en su fórmula.

La gente se amontona, se aglutina para saber si en esas montañas hay un dejo sentido.

…mecanismos de horror. 

miércoles, 30 de mayo de 2018

El voto libre y secreto

La democracia tiene como parte de sus mecanismos un engrane que permite el movimiento funcional del aparato. Un engrane necesario que constituye un derecho del ciudadano que vive dentro de un sistema que dice llamarse democrático. La premisa de la cual parte el voto es que, lo ejerce el ciudadano desde sus creencias, eligiendo lo que cree que más le conviene; sin embargo, en México hay la necesidad de subrayar que el voto es libre. Si no se tiene la posibilidad de votar por el gobernante que tu crees que hará mejor su trabajo, ese voto no entra como ficha del rompecabezas que construye la democracia.

En la Grecia antigua, no todas las personas que vivían en la ciudad eran considerados ciudadanos, pero todos los ciudadanos tenían la obligación de participar políticamente en las actividades destinadas a la organización del gobierno. En México, la democracia guarda diferencias y similitudes significativas con aquella forma “democrática” instaurada hace tantos años. Aquí los esclavos no existen como nominación y la gente que vive en condiciones de marginación extrema puede votar, siempre y cuando tenga un nombre y un papel que confirme su existencia como mexicano. En este país los ciudadanos tenemos el derecho a votar, además es necesario subrayar que podemos hacerlo libremente.

La obligación se presenta como una demanda, un deber ser. No tenemos obligación de votar, más bien es un derecho; como el derecho al agua, a tener educación o contar con todos aquellos servicios o consignas de las cuales carece tanta gente en el país; es decir, no se nos obliga a nadie a ejercer su derecho, sino se escribe en el papel y en el mejor de los casos se lucha por que todos cuenten con tal posibilidad.

Una vez que cuentas con el derecho a votar, el gobierno grita que tu voto debe ser libre, ¿sería un gobierno democrático si no fuera libre? El grito apuesta por hacer escuchar algo que no ha quedado claro. El pleonasmo subraya la pobreza de la calidad democrática del país.

Pero la cosa no acaba en mostrar que el pleonasmo voto libre dentro de un sistema que pregona democracia es subrayar lo ridículo que es. Cuando se habla de un voto secreto, me salta a la cabeza por qué tendría que ser secreto mi voto, queda prohibido expresar mis ideas y preferencias.

En el contexto mexicano, que el gobierno declare que el voto debe ser secreto no es tan descabellado, cada mexicano tiene que tener cuidado con lo que dice y a quien se lo dice. Dentro de mis redes sociales el mensaje que percibo claramente es que vote por quien vote soy un tarado. Ya sea que así me designe uno u otro conocido. Parece que el diálogo es imposible. No sólo entre los candidatos a un puesto gubernamental, Sino entre los ciudadanos que votaremos por ellos. Las autoridades nos invitan a que nuestro voto sea secreto, es una invitación a no meternos en problemas. La diferencia de opiniones dentro de la sociedad va acompañada de insultos, incapacidad para coexistir dentro de un mismo espacio con diferentes ideas. Es la nueva época de las cruzadas, hay que matar al otro que no quiere pensar como nosotros, el que piensa distinto es menos que nosotros, por tanto, si no lo convertimos, es mejor borrarlo.

Declarar, que el voto debe ser secreto es aprobar las acciones de invalidar al otro en el proceso democrático de nuestro país, es dar por sentado que, si comparto lo que pienso, mis semejantes pueden y están en todo el derecho de acusarme de idiota, pisotearme y señalarme como paria. Es legalizar y aprobar que nuestros candidatos en vez de hablar de sus propuestas e ideas, se dediquen a hablar de lo imbéciles, lo corruptos y delincuentes que son sus adversarios.  

miércoles, 12 de octubre de 2016

Reseña de LAS COSAS NUESTRAS

Reseña de "Las cosas nuestras"


Entre claros y oscuros se construyen imágenes que invitan a inventar historias en el tiempo, una nostalgia impregna el ambiente de continuo, recuerdos que se hacen presentes y se esfuman a cada parpadeo.

Dos personajes que posibilitan la creación de diversos imaginarios danzan entre caricias y carencias, son uno y dos al mismo tiempo. Se acompañan en una travesía de complicidad y dolor. La sutileza de los cuerpos propone una narrativa de encuentros y desencuentros, atmósfera fraternal que sostiene el proyecto de principio a fin. Una mismidad que se hace cuerpo y un yo auxiliar que sostiene el dolor en la frustración y la risa, travesura amistosa que llena el espacio… solo hasta que la soledad se aparece, el desvalimiento hace presencia y diluye al otro. Queda un resto de melancolía que dibuja sonrisas a medio iluminar en el juego de luz que desaparece para dar vida a un sitio que posibilite tejer los recuerdos propios del espectador con las imágenes cuerpo de los bailarines.

Las cosas nuestras es un proyecto escénico que propone la construcción de retazos de historias en un diálogo en el cual los interlocutores se confunden. Uno no sabe si hablan del otro, de uno, de ambos, de ficción, imaginación o realidad.


Es un proyecto que se presentó en cuatro ocasiones en el foro casa de la paz del 30 de septiembre al 8 de octubre del 2016. Espacio íntimo y acogedor en la colonia Roma que dio existencia a esta obra que con movimientos tenues de danza contemporánea y teatro del cuerpo nos vienen a recordar instantes con sabor a ausencia. Esperamos que este proyecto siga respirando, se presente en más espacios, encuentre otros sitios en los cuales recrearse. 

miércoles, 4 de febrero de 2015

Derrumbe

Una mujer esta sentada sola en su casa, su cuerpo cansado no hace mas que sostener un grito de ausencia que hace eco en todo el espacio, sus huesos sollozan sobre un dolor que va desmoronando la estructura. La cara ya se le ha petrificado. Tiene coarteaduras en los pómulos que son falsamente cubiertas por un maquillaje vulgar que colorea unas chapas. Ya no le pertenecen los dientes, las cejas ni las pestañas. El tiempo se lo ha llevado todo, la ha dejado ahí en medio de la nada.

Las huellas que la cotidianidad va plasmando en una casa, se han borrado casi hasta desaparecer toda la historia que cabe en una familia. El lugar esta limpio. los trastes en las gavetas perfectamente acomodados. no hay polvo en ningún rincón. Todas las manchas de sangre y violencia, las heridas de enojo y tristeza se han guardado sistemáticamente en el cuerpo de una mujer.

Ya no se escucha el aleteo de las aves, el ladrido de los perros ahora solo queda como recuerdo. La mujer respira la repetición de una muerte familiar, jadea la memoria de un intento por retener a unos seres desbaratados. sus hijos se mataron por el amor a ella; y ella devoró cada uno de sus pedazos inherentes hasta dejar pulcra la casa. El silencio a cada instante se hace mas denso. sabe que no hay nadie mas en el mundo. Todos los otros seres han muerto.

El pulso de la mujer es débil, la escasa sangre que humecta sus arterias es bombeada con dificultad bom bom biri bom bom. El tenue tambor desvanece su palpitar sutilmente. 

La tristeza se desborda de aquel corazón que solo espera la llegada de la muerte.

golpean a la puerta.




Ejercicio a partir del cuento  de Thomas Bailey

Una mujer esta sentada sola en su casa. Sabe que oo hay nadie más en el mundo;todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.